Bienvenida al mundo del TCA (parte 1)
Uno de los clics más complejos para mí fue con mi cuerpo. Ese momento en la adolescencia en el que todo se vuelve caótico, en el que hacemos "duelos" con nosotros mismos. Se podría decir que la vida adolece.
Mi duelo con mi cuerpo comenzó cuando tomé consciencia de mi propia corporeidad en un mundo donde nadie sería responsable de mí, excepto yo. Un mundo en el que, aunque estemos rodeados de personas, nadie puede salvarnos. Fue la primera vez que dimensioné la fragilidad del ser humano y su incapacidad de decidir sobre ciertos acontecimientos.
Pero, pequeño gran detalle, también fue el momento en que más necesite tomar el control de las cosas, porque las situaciones me desbordaban. Mi cabeza se dividió entre lo que quería controlar, lo que podía controlar y la realidad misma, que me pedía soltar el control. Como buen ser humano enfrentando la inmensidad del universo, hice lo que cualquiera haría: buscar algo más pequeño, algo que pareciera controlable, algo a lo que pudiera moldear a mi antojo, cuidar como creía correcto y darle lo que consideraba necesario.
No, no compré una planta.
Jugué a ser Dios de algo para llenar el vacío que me dejó la muerte. Así comenzó mi TCA.
Una historia casi típica: una persona exigente, obsesiva, ansiosa, cargada con los problemas de la adolescencia (y algunos que no eran tan adolescentes) se sumerge en el juego del control. El control sobre su cuerpo y sobre aquellas cosas que parecen modificables con "disciplina, constancia y conciencia". Porque claro, cada uno se aferra a su propio discurso. En mi caso, no podía entender cómo, siendo los únicos responsables del cuidado de nuestro propio cuerpo, muchos simplemente no lo hacían.
Y así comenzó mi proceso de "transformación".
Una nena de doce, casi trece años, que vio morir a una persona que amaba por un cáncer fulminante de pulmón. Pesaba 85 kg, había sido menospreciada y víctima de bullying toda su vida. Se refugiaba en sí misma, tenía pocos amigos y una familia complicada: una madre depresiva, un padre con tendencias depresivas... y blablabla. Entonces, decide empezar a "cuidarse" para mantenerse sana. ¿Qué podía salir mal?
Fue la decisión más heavy que tomé. Tanto, que a día de hoy estoy escribiendo esto.
La verdad, la primera parte fue pan comido. Bueno, pan no.
"Yo estoy bien, ahora te toca a vos", me dijo mi tío en ese sueño donde se despedía de mí. Me desperté angustiada, con unas cuantas lágrimas, pero no más que eso. No sentía una necesidad real de llorar ni una angustia abrumadora, solo unas pocas lágrimas frente a una noticia que, aunque esperable, en el fondo alimentaba mi deseo de un milagro. Ese sueño intentaba cerrar una despedida que nunca había podido ser.
El verano es la excusa perfecta para empezar una dieta. Y yo sabía que era el momento. Agua, verduras, frutas, ensaladas, caminatas intensas, gimnasio, chicles, metabolismo adolescente... En tres meses alcancé los 69 kg. Permanecí aislada del mundo real, lejos de todo y de todos.
Comencé el secundario en una versión nueva de mí. Una versión que dejó a más de uno con los ojos como platos.
¡No saben lo duro que es sentir el cambio en el trato y el cariño!
Había estado en la misma escuela desde los tres años. Pero ese día, cuando saludé desde el auto, no saludaron a la nena que conocían desde pequeña. Saludaron a la versión más flaca, la que consideraban "mejorada".
Porque aunque yo la había creado, no estaba lista para descubrir que mi "yo" original nunca había sido suficiente.
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