Bienvenido al mundo del TCA (parte 3)

En este período de tiempo, yo seguía saliendo a correr, bien temprano a la mañana porque a las 12 salía para la escuela. Una pendeja de 15 años corriendo a las cinco de la mañana en la ruta de un pueblo, ya entrados en la oscuridad del otoño... ¡esa era yo! Siempre digo que Dios me mandó un ángel guardián que me protege porque lo pienso hoy y podría haberme pasado CUALQUIER COSA. 

Una de las tantas veces que volvía de correr, la puerta quedó abierta y mi perra entró e hizo desastres. Rompió la basura, una pote de mayonesa, y no sé qué más. Pero mi cabeza que estaba TAN estable colapsó en un llanto incontenible (6 de la mañana, el sol recién estaba saliendo), mi respiración se entrecortaba, yo en medio de mi primer ataque de ansiedad. Desperté a mis papás que me abrazaron sin entender mucho pero cayendo en cuenta de que yo recién llegaba del abrazo de la madrugada, intentando ayudarme a respirar y sin saber qué decir. 

En ese momento mi mamá dijo "che, esto no puede continuar así". Y así conocí el deporte que me salvó: pole sport. Otro tema. 

Bueno resulta que bajé varios kilos más, pero ya el proceso era más lento y no dependía de mi control porque una vez a la semana o cada dos semanas, yo me acercaba a la nutri. Cuando sentí que bueno las cosas estaban bien, y que estaba "aprendiendo a comer" me convencí de que era el momento de dejar.

Acá voy a abrir paréntesis, para dar contextos de un año muy movido... 

Luego de que falleciera mi tío, llegó el verano. Todo pasó como desapercibido porque es verdad que la vida continúa y el mundo sigue girando sin nosotros. Sufren los que quedan esperando volver a escucharte, abrazarte y compartir. 

Mis papás tenían un bazar y una rotisería. El negocio de mis papás estaba funcionando mal, las condiciones del país y algunos acuerdos no favorecieron el funcionamiento, nuestra economía iba en picada y las crisis iban en aumento.  Hacía años que mi mamá no era la misma persona y que su fuerza parecía haber decaido. 

Este tío era el mejor amigo de mi papá y el cuñado, casi hermano de mi mamá. En una familia super unida, una persona menos en la mesa, y un tránsito por el cáncer, es la verdadera caida de un pilar. Ya para ese año mi mamá comienza a sentir hormigueos y mucho dolor físico, entrar al negocio se había convertido en su guerra interna entre la fuente de estabilidad económica y el cansancio de quince años realizando la tarea de "sostener" ese negocio, su familia, su matrimonio, y sus propias y desbordadas emociones. 

Una noche de febrero de 2014, un hombre entra al negocio a robar a mano armada. Pidiendo que le entregue todo lo que habia en la caja, con una mano agarrandole entre el pelo y el cuello, le apunta con el arma en la cabeza y espera que le de el dinero. La cocinera que estaba atrás, por conexiones de la casa, ventanas que daban a un patio, y yo que justo iba a pedir una pizza, llega a hacerme una seña y doy aviso a mi abuelo. 

Segundo momento en el que el ángel de la guarda se hizo presente. 

Mi abuelo corre a un cajón, agarra un arma que tenía escondida y va directo hacia la calle donde el compañero del tipo en cuestión le esperaba. Este ya estaba saliendo del local con todo el trabajo del día y de algunos días anteriores. 
"¡Hijo de puta!", gritó mi abuelo y les apuntó. El arma las carga el diablo y las descarga un pelotudo, y gracias a Dios, esta se trabó. Y AÚN MÁS IMPORTANTE, el arma del ladrón también se trabó. Se subieron a la moto y se fueron con todo. 
Se fueron con mi mamá en su saco. Esta era la segunda vez que mi mamá era víctima de un robo con arma. Esta fue la vez en que el trauma se instaló en ella y todo lo que vino después fue el desmoronamiento de nuestra familia. 

Poco a poco mi mamá se fue apagando. Esa mujer fuerte y vibrante que yo conocí, la abandonó por completo. El dolor se apoderó de su cuerpo con el nombre de  fibromialgia. Su paseo más largo era al psiquiátrico por la orden de un cóctel de pastillas. Entrar al negocio que construyó desde su juventud, era pararse en la puerta y temblar como chihuahua hasta que podía pasar la barrera. Solo fue la primer parte... 

¿Saben qué triste es que la policía encuentre uno de los dos tipos, encuentre las pruebas, encuentre la mochila, y que la plata misteriosamente haya desaparecido? Esta parte es mi descargo a un sistema corrupto y cruel, donde la policía roba igual que los ladrones. Donde "hacer la parte que les toca" no tiene que ver con la vocación de ayudar al débil y desprotegido, sino con las pagas extras toman en posesión. Y no solo eso... una vez que los agarraron, ¡todavía le toca a la víctima hacer "careos"! Reviviendo una situación horrible, donde los abogados y toda la junta en las comisarías, te miran como águilas esperando que erres para que el defendido no quede preso. Y ya con esta gota que rebalsó el vaso, mi mamá dijo "hasta acá llegué". 

En marzo, cuando el otoño empezaba, eran malas épocas para el negocio: temporada baja. "Yo no quiero más este negocio", le dijo mi mamá a mi papá. Él no se lo tomó bien. ¿De qué ibamos a vivir? Nuestra casa se convirtió en una guerra constante, las cuentas iban mal, el negocio iba peor. "Si vos querés continuar con el negocio, te cedo el control", fueron las palabras que usó mi mamá. Y se fue a mi casa, se hizo un bollito mientras se agarraba la cabeza y lloraba de dolor. Al principio, mi papá pensó que era una etapa, pero ese solo fue el inicio. 

La depresión es silenciosa y traicionera. Llega un día y se instala sin pedir permiso. Se roba las sonrisas y las reemplaza por largas horas de llanto. Mi mamá solo conocía dos estados: el de llanto sinfín o el de zombie por tantas pastillas que le dieron. Hubo días en que sus manos ya no respondían y cosas tan básicas como ponerse la ropa interior, no lo podía hacer. 

Pasaban los meses y mi papá desesperó. La sacudía diciéndole que ella no podía deprimirse, ni tirarse al abandono, que tenía hijos, que tenía una familia, que el negocio se venía abajo y que él no podía solo. Y a ella... ya no le importaba. Había días en que iniciaban peleas por cosas que sucedían en el presente, y terminaban peleando por el pasado. Los gritos, las peleas, la guerra... 
Mi papá crecía en ira. Un día, como ya había sucedido, le pega, la sacude, la zamarrea y le dice que recapacite, nuevamente insistió que ella no podía estar como estaba. "¡No pa! No hagas esto", grité yo entrando en la pieza. Mi mamá solo quería llorar y dormir. 
 "Buscá otro trabajo, no sé qué querés que haga", lloraba mientras se frotaba el golpe y amenazó con irse. Mi papá pedía perdón porque había caido en cuenta. 

Luego de eso, volvimos a fingir que todo estaba bien y que la familia siempre estaba unida.

Mi mamá luego de unos meses, volvió al negocio, decida a cerrar uno de estos y quedarse con el otro. Mi papá salió a buscar trabajo e hizo cursos. Los gritos y peleas continuaron, ambos tiraban para lados opuestos. Si se querían pero no se querían bien. 

Cierro paréntesis. 

Día 13/2/2025 - Candela C. 












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