Aún sin nombre

  "El niño que no sea abrazado por su tribu, cuando sea adulto, quemará la aldea para poder sentir su calor"  
                       -Proverbio africano.

Las últimas hojas del otoño caían, deslizándose con suavidad sobre la tierra húmeda. El viento silbaba entre las copas de los árboles, y el río, a lo lejos, murmuraba su eterno fluir. La casa, de piedra y madera envejecida, se erguía solitaria entre las montañas, lejos de cualquier aldea, lejos de todo. En el interior, apenas iluminado por la luz temblorosa de una lámpara de aceite, la melancolía se respiraba en el aire.

Algo en mi instinto de supervivencia, una voz en mi interior, me grita que algo malo va a pasar.

—¡Respira, mamá! ¡Está viva!

Mi hermana llena sus pulmones de aire y llora, un llanto agudo que se mezcla con el silbido del viento que golpea la madera de las ventanas.

Algo llama mi atención. Miro hacia afuera, más allá del bosque. Entre la bruma de la noche, una luz parpadea en la distancia.

—Mamá… creo que veo fuego.

—¡Llévate a la bebé! ¡Sálvense, niñas! —Su voz se quiebra en un quejido—. ¡Sálvense!

Había perdido mucha sangre. El parto no fue como esperábamos: se adelantó, y la curandera que nos ayudaría aún no había llegado. Mamá ya no tenía fuerzas, y yo no podía hacer mucho más. Cargué a mi pequeña hermana, envuelta en mantas de lana áspera.

—Tranquila… —Intento calmarla mientras sus pequeños puños se cierran con desesperación—. ¡Madre, por favor, no te rindas! ¡Vamos, encontraremos a papá!

Le sostengo la mano. Su piel está fría, más pálida que la luz de la luna. La sangre, oscura sobre las sábanas, forma un charco que refleja las sombras temblorosas de la lámpara.

Miro otra vez por la ventana. Las llamas han crecido. Se alzan como espectros danzantes en la noche.

—Por favor…

Aferro su mano. Recibo su última sonrisa y siento cuando su alma abandona su cuerpo.

Miro entre mis brazos. Sé que no puedo hacer más. Corro.

Los siento. Están cerca. Vienen con sed de venganza. Sus voces resuenan entre los árboles. Gritan, exigen las cabezas de mi familia.

Todo se consume. El fuego avanza como una bestia desbocada, devorando los campos secos, las paredes de madera, el techo de paja. Mi mundo arde.

—Cálmate, bonita… todo estará bien.

"¡Traidores! ¡Traidores! ¡Van a pagar!"


Los escucho. Ya vienen. Siento el calor. Siento el fuego. Solo sé que debo seguir corriendo. Mis pulmones arden. Mi cuerpo duele. La adrenalina me impulsa.

—¡Nicole, despierta! ¿Estás bien?

Siento sus brazos rodeándome. Miro a mi alrededor con desconcierto, buscando el fuego. Mi corazón late con fuerza, golpea contra mi pecho. Aún siento el peso de esa niña entre mis brazos.

Su abrazo, fuerte pero sereno, me ancla a la realidad.

—¿Dónde estamos? —pregunto, aún sin entender bien qué está sucediendo.

Me sonríe con dulzura y preocupación.

—En casa. Y no, no hay fuego. —Toma mis manos y me mira directamente a los ojos—. ¿Estás bien?

Asiento.

—¿Necesitás algo más?

Niego con la cabeza.

—Ve, sigue durmiendo, Helena. Fue… solo un sueño. 

Antes de irse vuelve su mirada a mi, sabía que tenía algo más para decir, pero simplemente salió. Volví a apoyar mi cabeza en la almohada y apagué el velador para caer nuevamente en un sueño profundo. 

Capitulo 1: 

Esa noche, la lluvia caía con furia sobre el asfalto, golpeando el parabrisas como un millar de dedos tamborileando sin descanso. El casamiento de Sophie había sido mejor de lo planeado: desde la comida hasta el baile, cada detalle había salido a la perfección. Ahora, en medio del camino de regreso, la euforia se mezclaba con el cansancio.

La carretera se extendía solitaria entre los árboles, una línea oscura apenas cortada por la tenue luz de los faros. No había casas, ni señales de vida, solo la inmensidad del bosque y la tormenta que devoraba la noche. Las farolas de la ruta eran escasas y distantes entre sí, proyectando parches de luz amarillenta que parecían ahogarse en la neblina.

—Harry… —Reía como loca. Estaba algo ebria—. Quizás deberíamos buscar un lugar donde pasar la noche.

El camino se volvía cada vez más resbaladizo. El agua corría como pequeños riachuelos sobre el pavimento y, era evidente, la lluvia no iba a parar.

Él me sonrió. La noche había sido hermosa.

Los árboles al costado del camino crujían y se agitaban como si intentaran arrancarse de raíz. Las sombras se alargaban entre los espacios oscuros donde la luz no llegaba.

Entonces, un golpe seco sacudió el auto.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Mi respiración se entrecortó. Unos ojos negros se cruzaron con los míos.

—¿Qué fue eso? —Miré por el espejo retrovisor, pero el camino detrás de nosotros era un vacío de sombras y lluvia. No había nada allí.

Harry no pareció alterarse. Sus manos seguían firmes en el volante.

—Nada, mi amor. Fue… algún animal que se cruzó.

¿Acaso esos ojos fueron producto de mi imaginación?

El frío se instaló en mi piel. Apreté los brazos contra mi cuerpo. Las luces del auto revelaban solo fragmentos del bosque, dejando grandes zonas en penumbra, como si en esos espacios pudiera ocultarse algo más.

—¿No viste…?

Pero supe que nada bueno podía salir de esa pregunta.

Apoyé la frente en el vidrio de la puerta. La lluvia resbalaba en pequeños ríos, deformando la carretera más allá del cristal. El bosque parecía respirar.

Puse música para no dormirnos. Faltaba al menos una hora para llegar a algún pueblo donde pudiéramos pasar la noche. De fondo, sonaba Lonely. La lluvia no cesaba.

Y entonces…

—¡Harry, una niña!

El corazón se me frenó por un momento. Era la secuencia de una película de terror.

—Bueno, amor, estás aluci… —Sus ojos se abrieron como platos.

—¡Ahí! ¡Detente!

Nos entendimos sin necesidad de más palabras. Todo indicaba peligro. Pero yo no iba a dejar a una niña pequeña sola en medio de la nada. Ambos sabíamos lo que era correcto.

Harry frenó justo detrás de ella.

—No bajes. No apagues el auto. —Mi cuerpo entero se tensó, listo para huir si era necesario. Esperaba lo peor.

Respiré hondo y bajé la ventanilla.

—Ven, cielito. Vamos.

No había una forma correcta de manejar la situación. Si alguien le había enseñado que los extraños no eran de fiar, a nosotros nos habían enseñado que abandonar a una niña en medio de la carretera tampoco lo era.

Estaba en shock. Me miró sin mirarme.

Sus ojos… la mirada de alguien aterrorizado, la mirada de las mil yardas.

Con cuidado, tomé su mano fría y la guié hasta la parte trasera del auto.

—Vamos, Harry.

Todo quedó en silencio. La música ya no era necesaria.

Solo se escuchaban los golpes de la lluvia contra el auto, un tamborileo monótono que llenaba el vacío.

Miraba a la niña por el espejo retrovisor, asegurándome de que siguiera respirando. No podía mirar a Harry.

Sentía la garganta seca. Todos estábamos pálidos.

¿Llegaba siquiera a los cuatro años?
¿Qué hacía sola?
¿De dónde venía?
¿Hacia dónde iba?
¿Quién era?

Frenamos el auto frente a unas cabañas. La lluvia seguía cayendo, más suave, como un murmullo persistente.

Pedimos una con dos habitaciones, lo mejor para alojar a la niña. No respondía a estímulos. Solo caminaba cuando tomaba su mano y la guiaba hacia donde quería.

Le ayudé a quitarse la ropa mojada y la colgué sobre una silla. Le puse una de mis remeras, que le quedaba como un vestido enorme. Sequé su cabello con cuidado y la recosté.

Solo la dejé sola cuando me aseguré de que se había dormido.

Me acosté junto a Harry, sintiendo el peso de la noche sobre mis hombros.

—Harry… ¿qué acaba de pasar? —murmuré.

—No lo sé. —Su mirada estaba fija en el televisor apagado.

Cuando llegó la mañana, tomamos café y acordamos llevar a la niña a la comisaría más cercana para denunciar la situación.

—Buenos días, cielo.

Ella estaba parada en la puerta, mirándonos. Sonrió. Era una buena señal.

—¿Cómo amaneciste?

—Bien.

Su voz era aguda y angelical. La remera le llegaba hasta las rodillas.

Era delgada y alta para la edad que estimaba. Tenía rizos castaños cobrizos, ojos almendrados de un verde profundo con matices grises que parecían faroles detrás de unas pestañas espesas. Sus mejillas, salpicadas con unas pocas pecas, contrastaban con el leve sonrojo de su nariz. Era evidente que era una niña sana. Muy hermosa.

—¿Querés que te preparemos algo para desayunar? Nos dejaron leche con chocolate, huevos revueltos, jamón, unas croissants…

Asintió y se acercó.

—Somos Harry y Maritza. ¿Y tú?

—Soy Nicole. Se pronuncia la "e" final —enfatizó, levantando un dedito.

—¿Y recuerdas tu apellido?

Negó con la cabeza. Le dejé la taza humeante justo enfrente.

—¿Cuántos años tienes?

Levantó cuatro dedos de su pequeña mano. Tomó un sorbo.

—Y… ¿recuerdas algo?

Volvió a negar.

Entonces, su voz rompió el silencio:

—Anoche mamá me dijo que todo estaría bien… y luego vi una luz. Sentí que alguien me agarró la mano. 

Harry y yo nos miramos. 

¿Cómo se respondía a eso?

Él sonrió y elevó los hombros, dando a entender que no tenía idea.

—Bueno, Nicole. Nosotros te llevaremos a la policía local para que te ayuden a encontrar a tu familia… o para que tu familia te encuentre, ya que entendemos que deben estar preocupados.

Ella asintió.

Cuando llegamos a la comisaría, realizamos los trámites correspondientes. Los oficiales aseguraron que se harían cargo del caso y que no debíamos preocuparnos.

No les creí.

Menos aún cuando dijeron que no había ninguna denuncia en su base de datos sobre una niña desaparecida.

Nuestro vuelo de Argentina a España salía en unas horas, y aún nos quedaba un trayecto largo hasta el aeropuerto. Aun así, mi mente no dejaba de girar en torno a Nicole.

—Es todo bastante extraño, ¿no? —dijo Harry, moviendo la caja de cambios.

—Espero de corazón que logren encontrar a sus padres pronto…


Capítulo 2: 

—Todo estará bien, pequeña. Soy Rachel.

Una mujer con pollera de tiro alto y una coleta ajustada se inclinó hasta quedar a mi altura. Me sonrió.

—Quédate un rato aquí, ¿sí? —Señaló unas sillas de plástico alineadas contra la pared.

Desde mi asiento, vi a los policías ir y venir. Sus pasos resonaban en el suelo frío de baldosas gastadas. El aire olía a café rancio y humedad. El murmullo de teléfonos y teclados llenaba el espacio.

A un costado, un hombre con uniforme revisaba unos papeles con el ceño fruncido, mientras otro bostezaba frente a una pantalla azulada. Nadie me miraba. Nadie parecía notar que estaba allí.

Los minutos pasaban lentos.

Luego de hacer un par de preguntas a Harry y Maritza, de firmar algunos documentos y dejar asentado un testimonio, ellos me saludaron. Pude ver tristeza en sus ojos.

Se fueron.

La puerta se cerró con un sonido hueco, y el espacio pareció volverse aún más grande.

Me abrazaba las rodillas, sintiendo la tela gruesa de la remera que aún me quedaba enorme. El frío del ambiente se filtraba por mis piernas desnudas. Mi ropa mojada seguía colgada en la silla junto a mí, ya sin el peso del agua, pero con un olor extraño, como tierra y metal.

A mi izquierda, una oficial tecleaba con rapidez, su cara iluminada por la luz blanquecina del monitor.

Nadie me hablaba.

El sonido de un reloj colgado en la pared marcaba los segundos, acompasado con el zumbido de una lámpara parpadeante.

El lugar era aburrido. Demasiado blanco, demasiado gris.

No había nada que hacer.

Me recosté sobre las sillas y cerré los ojos.

Me dijeron que todo estaría bien…

—Vamos, cielo. Despierta.

Un pequeño sacudón me sacó del sueño. Froté mis ojos y me incorporé. Rachel se sentó a mi lado. Con voz suave, me explicó que debía ir con ella hasta encontrar más información.

Asentí en silencio.

Se puso de pie, me tendió la mano, saludó a los policías y salimos de la comisaría.

El aire afuera estaba espeso, cargado de humedad. El cielo seguía gris, como si la tormenta aún no hubiera terminado del todo.

Nos detuvimos frente a un edificio antiguo. La fachada estaba descuidada, con la pintura descascarada y ventanas con rejas oxidadas. Sobre la puerta, un letrero de letras gastadas anunciaba:

"Instituto Temporal Estatal para Señoritas de Córdoba."

Desde el interior se escuchaban risas y gritos de niñas jugando.

Rachel suspiró.

—Este… será tu nuevo hogar. Por un tiempo.

Cruzamos juntas la entrada.

El lugar estaba lleno de niñas de distintas edades y cuidadoras que iban y venían. El eco de pasos y voces resonaba en los largos pasillos.

Subimos hasta el segundo piso.

—Esta será tu habitación. 

Rachel abrió la puerta.

Había ocho camas dobles, dispuestas en filas paralelas. Desde dos de ellas, asomaban rostros desconcertados, mirándome con recelo.

Una de las cuidadoras me entregó unas prendas de mi talle.

Los meses siguientes pasaron veloces.

Nadie denunció mi desaparición.

Era la noticia del país. Todos hablaban de la "Niña del camino". Policías, periodistas y voluntarios se movilizaban, buscando respuestas.

Pero… parecía en vano.

Por las noches, escuchaba la voz de mi madre susurrándome:

"Todo estará bien."

Durante el día, iba a clases o jugaba con las demás niñas.

El tiempo pasaba.

Los seis meses reglamentarios estaban por cumplirse, el máximo que el instituto podía mantener a una niña sin identificar.

Pronto, empezarían a buscar una familia temporal para hacerse cargo de mí.


—Ellos son el señor y la señora Van Zhouen. Serán tu familia transitoria.

Rachel me dedicó una sonrisa y un abrazo breve.

—Suerte en tu nuevo hogar.

Asentí en silencio mientras veía al señor Van Zhouen tomar mi pequeña valija. Luego, cruzamos juntos la gran puerta que me había recibido meses atrás.

Me senté en el auto junto a ellos.

En la parte trasera, un bebé dormía plácidamente, sujeto a su sillita.

—Este es Zachi. Será tu nuevo hermano —afirmó la señora con una sonrisa—. Yo soy Joceline.

—Y yo, David —acotó él mientras encendía el motor.

Joceline giró levemente para mirarme.

—No sabemos cuánto tiempo estarás con nosotros, pero queremos que sea un buen tiempo para ti, ¿sí?

Se inclinó para ajustar mi cinturón de seguridad.

Su rostro quedó frente al mío, demasiado cerca.

Asentí, algo incómoda.

Ella cerró la puerta y se acomodó en su asiento.

—Bien. —Se abrochó el cinturón—. Si necesitas algo, solo dilo.

El auto arrancó.

Una hora más tarde, llegamos.

Era una casa modesta en la ciudad de Córdoba. Desde afuera, se veía un pequeño patio con pasto crecido y un árbol al que le colgaba una hamaca gastada.

El techo de tejas tenía algunas faltantes, y la fachada, de un amarillo pintoresco, mostraba manchas de humedad en algunos rincones.

Joceline abrió la puerta y me hizo un gesto con la cabeza.

—Vamos, entra. Conoce tu nuevo hogar.

Crucé el umbral.

La casa era de un solo piso. A la derecha, el living-comedor, con una mesa de madera oscura y dos sillones desgastados. La cocina estaba al fondo, separada por una isla.

Un pasillo estrecho llevaba al baño y a tres habitaciones.

David señaló una puerta.

—Este será tu cuarto.

Adentro, había una cama de una plaza con sábanas lisas, un ropero pequeño y un escritorio con una lámpara apagada. La ventana, cubierta por unas cortinas color durazno, dejaba pasar una luz tenue que teñía la habitación de un tono cálido.

Capítulo 3: 

Era una habitación iluminada por luces blancas y doradas. Un coro de voces resonaba en el aire, cada una con su propio tono, entrelazándose en una melodía celestial:

"En el cielo y en la tierra, en cada lugar,

los ángeles cantan de su poder,

Él nos protegerá.

En la inmensidad, en el mundo hostil,

Él mostrará su gloria ante mí.

¡Yahweh!

He aquí nosotros, haz tu voluntad..."

Las voces se apagaron de repente.

Miles de ojos se giraron hacia mí.

Un murmullo susurró en mi mente, un eco profundo que se repetía como un mantra:

"Mantente atenta. Tus sentidos deben estar preparados para recibir la información que viene de los cielos."

El silencio se volvió insoportable. Las miradas me perforaban.

Y entonces, la luz blanca se transformó en vacío.


Desperté con el cuerpo pesado sobre el colchón. Sentía la presión en el pecho, como si algo aún me retuviera en el sueño.

Abrí los ojos lentamente. Todo seguía igual.

Miré a los lados, buscando algo diferente. Pero la habitación era la misma. Dejé escapar un suspiro y volví la vista al techo.

Había pasado un año desde aquella noche en la carretera.


—¡Vamos, que llegamos tarde!

La voz de Joceline irrumpió en mis pensamientos. Se inclinó sobre la cama y me sacudió suavemente.

—¿Sabes qué día es hoy?

Negué con la cabeza.

Sonrió.

—Es tu cumpleaños… o al menos, hoy lo festejaremos. ¡Ven, vamos a buscar a Zachi!

Joceline abrió las ventanas de par en par.

—Veinticinco de septiembre… un buen día para nacer —dijo, mirándome con ternura.

Aún en pijama, salté de la cama y corrí junto a Joceline hasta la habitación de Zachi. Hacía poco que había comenzado a caminar.

Cuando entramos, ya estaba en el suelo, boca arriba, rodeado de sus juguetes.

Emitía una luz blanca, tenue, casi imperceptible.

—¿Por qué está brillando? —pregunté en voz baja.

Joceline me miró con curiosidad.

—¿A qué te refieres?

La observé con incredulidad, como si su pregunta no tuviera sentido.

—Brilla, Joceline.

Ella sonrió con dulzura.

—Sí, sí. Todos tenemos luz propia.

Tomó a Zachi en brazos y, en un parpadeo, la luz desapareció.

—Ahora vamos, que se nos hace tarde.


El día estaba hermoso. El sol brillaba radiante sobre nuestras cabezas. Joceline y David habían organizado un picnic en las montañas.

—¡Que los cumplas feliz! —cantaron aplaudiendo alrededor de una pequeña torta.

—Pide tres deseos —dijo David, intentando encender una velita con el número cinco.

Zachi estaba extendido sobre una manta, entretenido con un juguete. David y Joceline me observaban con una sonrisa expectante.

—¿Lista? —preguntó David.

Asentí.

—Ahora sopla.

Negué con la cabeza.

—¿Sabían que los deseos no se le piden al fuego?

Tomé un vaso y apagué la vela con él.

Me miraron atónitos.

—El fuego aleja, consume, desintegra. Las velas deben apagarse solas, para que nuestra propia llama no se extinga.


Capítulo 4

"La majestuosidad del Nilo.

El imponente desierto.

El dios Ra iluminando otro día más.

Nefertí tenía los pies en el borde del agua. La guardia real nos esperaba frente a una pequeña choza, cuya sombra nos protegía del inclemente sol. Sentada allí, con la mirada afilada y el porte de una reina, estaba nuestra abuela: Cleophaz.

—Tutankamón, tu hermano asumirá el trono. ¿Estás contento? ¿Qué se siente ser hermano de un bendecido?

Sonreí con malicia.

—Ahora podré comerme los higos en miel sin que me regañen, porque a quien me diga que no... le caerá la furia de Akenatón.

Mi pecho se infló con orgullo infantil. Ella rió.

—¡Volvamos, niños!

Esa noche, Akenatón murió a manos de Pygme.

Un hombre traído desde los bosques ecuatoriales de África. Por orden de Cleophaz, su nariz fue cortada antes de su ejecución.

La sala del trono se llenó de cánticos.

Cleophaz a mi derecha. Un guardia a mi izquierda. Yo, en el trono.

—¡Tutankamón, el joven! ¡Viva!

Las voces resonaban en el aire caliente del palacio.

Pero entonces, con paso lento y seguro, un pequeño hombrecito—no más alto que yo—entró en la sala.

El ambiente se tensó.

De pronto, una nube negra removió la densa arena. A ambos lados del hombre, aquellas sombras se alzaron en dos enormes columnas.

Silencio absoluto.

El extraño me miró directamente a los ojos.

—Soy Pygñé, hermano de Pygme. ¡Brujos de linaje!

Su voz, profunda y gutural, retumbó entre los muros.

—Tu familia y tu descendencia serán maldecidas. Serán perseguidos. Y suplicarán piedad.

Un escalofrío recorrió mi espalda.—¡Teman!

Las columnas de sombra vibraron.

—Porque han derramado la sangre de un inocente.

Pygñé alzó las manos al cielo.

Supra bonum et malum, fiat voluntas mea…

Las columnas de sombra chocaron con un estruendo. Y él desapareció... "

Sentía que mi cuerpo se hundía en el colchón.

El aire pesaba sobre mi pecho. Me costaba respirar. Quería gritar, pero la voz no me salía. Era como si alguien intentara asfixiarme.

Intenté tomar bocanadas grandes de aire, pero no podía hacer que llegara a mis pulmones.

Entonces, una luz tenue reposó en mi pecho.

Un calor suave me envolvió. Sentí paz.

Un arrullo, casi celestial, me devolvió a un sueño profundo.


Casi parecía mentira que, hasta hace un año, me encontraron mojada en una carretera en medio de la nada.

Nadie reclamó por mí.

Mi único vínculo con el pasado era un pequeño relicario…

No tenía la llave.

Era un corazón tallado con una inscripción en griego:

"δικαιοσύνη του Λος Άντζελες."

—¿Qué dice ahí?

La voz de Joceline me sacó de mis pensamientos.

Estaba en la hamaca del patio, meciéndome lentamente. Ella se sentó frente a mí, con una bandeja en las manos. Dos tazas humeantes y muffins de arándanos.

—Justicia de los ángeles.

Ella rió.

—¿Sí?

Asentí.

—Es griego.

—¡Qué interesante! —Joceline me miró con diversión—. ¿Y sabés griego?

Su tono era burlón.

Asentí de nuevo.

Ella volvió a reír mientras tomaba un sorbo de café con leche.

—¿Quieres saber algo curioso sobre los griegos?

Elevó las cejas con curiosidad y asintió.

—La bandera de Grecia es azul y blanca, y está formada por nueve líneas que simbolizan las sílabas de su lema: Eleftheria i Thanatos.

—¿Y eso también es griego?

—Significa "Libertad o muerte."

Joceline me observó con sorpresa.

—¿Y vos cómo sabés eso?

—Porque conocí al señor Glezos. Un idealista con todas las letras.

Di un largo sorbo a la chocolatada.

—Está deliciosa, gracias.


Joceline no podía ocultar su asombro.

Desde que Nicole llegó, tiene estos momentos en los que parece desconectarse del presente. A veces, es una niña de cinco años. Otras, parece un adulto. Y otras, simplemente deja que su mente vuele lejos.

Intento darle su espacio. O, al menos, permitirle elegir si quiere invitarme a llegar hasta ella.

Me senté con una bandeja para compartir la merienda. Sabía que estaba pendiente de su relicario.

Según Rachel, fue lo único que conservó desde que la encontraron.

Nunca lo ha abierto. Y no nos permite ayudarle, porque tiene miedo de romperlo.

Siempre me ha gustado hablar con los niños. Su espontaneidad me divierte. Me recuerdan lo que es ver el mundo con curiosidad. A veces, incluso me ayudan a conectar con mi propia infancia.

Y, sin embargo, Nicole era distinta.

Sus palabras parecían estar cargadas de una historia que aún no podía contar.

Cuando llegó la noche, David y yo estabamos mirando una serie. Mientras me ponía crema en las piernas.

-En serio David. Afirma saber que su relicario tiene palabras labradas en griego. -Por un momento corrió su vista del televisor, hacia mi. 

-Los niños dicen muchas cosas, amor. Son... niños.

-Pero me dio datos de la bandera de Grecia. -Puse crema en mis manos. -¿Cómo sabe ella dónde queda Grecia? ¿Sabe que Grecia existe? 

-Amor, estás haciendo un mundo de una conversación con una niña. 

-Te digo que no. Que vos no sabés lo que significa el color de la bandera de Grecia, ¿o sí? - Terminé de pasar la crema por el cuerpo. Él negó. 

-¿Y miraste con detalle el relicario? -Negué. 

Capitulo 5: 

Podía sentirme... como si estuviera flotando sobre mi cuerpo.

Mi conciencia se alzaba, ligera, separándose de mí. Desde arriba, me veía acostada.

También veía a mi familia, a mis vecinos, como si estuvieran observándolos desde otra dimensión. Todo era familiar y extraño a la vez.

Y entonces lo noté.

Un largo hilo de luz se extendía desde mi pecho, vibrante, conectándome con mi cuerpo.

Miré la habitación.

La ventana estaba cerrada.

Miré mis manos etéreas. Y también miré las de mi otro yo, el que seguía acostado en la cama.

Mi cuerpo emanaba una luz blanca, suave… viva.

Entonces lo vi acercarse.

Una sombra amorfa, negra azulada, con ojos rojos incandescentes, se posó sobre mi cuerpo inerte. Extendió sus manos hacia mi cuello.

Un murmullo gelido, venenoso, me erizó la piel. Me hablaba al oído. Conjuraba muerte. Prometía venganza.

Mi garganta empezó a cerrarse. Intenté moverme. No podía. El pánico se apoderó de mí.

Me lancé sobre la sombra, dispuesta a atacarla, pero no tenía voz.

No podía gritar. No podía decir su nombre. No podía luchar.

Mi cuerpo astral tembló . Algo me tiraba de vuelta, como una fuerza invisible absorbiéndome.

De pronto, fui arrastrada de golpe, succionada por mi propio cuerpo.

Desperté con un jadeo entrecortado.

Respire hondo. El aire quemaba en mis pulmones. Mi garganta seguía doliendo.

Miré la habitación, buscando aquella sombra.

Sabía que eso... no podía ser un sueño.

Íbamos camino al colegio.

—¿Estás bien, Nicole? —preguntó David.

Junto a mí, en su sillita, Zachi jugaba con sus dedos.

Asentí, aunque no muy convencida. Luego negué.

Sentí la mirada de David a través del espejo retrovisor.

—Anoche sentí que mi cuerpo tenía dos partes —dije, aún procesándolo—. Como si hubiera flotado sobre él.

David ascendió sin apartar la vista de la ruta.

—Fue como si un hilo me conectara, pero todo lo demás… estaría en el aire.

Frunció el ceño. Miró a lo lejos, como si evaluara si podía adelantar a los autos de adelante, aunque no hubiera ninguno.

—Y ¿qué sentiste? —preguntó tras una breve pausa.

Me encogí de hombros.

—No fue un sueño.

—Ah… —balbuceó—. ¿Y eso te tiene tan preocupada?

—Es que vi una sombra azul oscura.

Silencio. —Mi cuerpo volvió porque intentó asfixiarme.

Tomé mi mochila y esperé a que abriría la puerta.

—Que tengas un lindo día, Nicole —dijo David, cerrándola detrás de mí.



Cuando la niña bajó, pude al fin respirar nuevamente.

Había algo en ella… en su tono, en su historia… que se sentía real.

Demasiado real.

Tuve que disimular el pánico que me provocaba escuchar a una niña de cinco años decir que vio su propio cuerpo desde arriba.

O peor… que algo intentó asfixiarla.

¿Cómo sabe lo que es asfixiar?

Me quedé sentado unos minutos, respirando hondo antes de encender el auto.

Miré a Zachi. Perfectamente acomodado en su sillita, listo para ir al jardín.

Mi vida se sentía normal.

Entonces, ¿por qué tenía la sensación de que algo estaba muy, muy mal?


—Amor, ¿creés que sufre bullying en el colegio?

Joceline me miró por encima del algodón con desmaquillante que cubría uno de sus ojos. Sonrió, sin demasiada preocupación.

—Son niños, no creo. ¿Por?

Tragué saliva.

—La estaba ayudando a secarse el cabello y vi… unas marcas extrañas en su cuello.

El aire en la habitación pareció enfriarse.

Sentí mi cuerpo palidecer.

Joceline pareció ignorarlo completamente.

Esa noche, no pude dormir en calma.

Algo en mi instinto de supervivencia se había activado.


Capitulo 6:

—¡Me duele! ¡Me duele!

Lloraba y me retorcía en la cama, abrazando mi vientre con desesperación.

La fiebre me quemaba la piel.

Joceline y David no dudaron. Me llevaron a la guardia más cercana.

—Hay que llevarla al médico, esta niña tiene fiebre.

En la guardia me derivaron rápidamente a urgencias. El médico decidió dejarme en observación y hacerme algunos estudios.

Las horas pasaron.

El dolor, de a poco, se disipó.

Me senté en un banco del pasillo del hospital.

Desde allí, observé a un hombre entrar y salir por la misma puerta, una y otra vez.

Su paso era lento. Demasiado lento.

Parecía no tocar el suelo.

Su rostro era delicado. Piel blanca como la nieve.

Vestía un traje negro impecable, adornado con una rosa rojo sangre en el pecho. Sus zapatos brillaban y un sombrero le cubría la frente, proyectando una sombra sobre sus ojos.

Su expresión era neutral. Casi inhumana.

En su mano derecha sostenía un libro enorme, negro, con pequeños adornos dorados en la tapa.

Sin titubear, se sentó junto a mí.

—Hola, niña.

Miré sus manos. Sus dedos largos y pálidos sujetaban con firmeza el libro brillante.

—Hola, Azrael.

Sonreí.

No sabía cómo lo sabía.

Pero ese era su nombre.

Intenté espiar las páginas del libro.

"8:30 - Roberto Emilio Campos Figueroa, nacido el 3 de marzo de 1989. Cáncer terminal."

Azrael frunció el ceño y cerró el libro con furia.

En la portada se podía leer, en cursiva dorada y destellante:

"Liber Vitae."

—Detesto la gente que mete la nariz donde no la llaman —dijo con frialdad.

Sentí mis mejillas arder de vergüenza.

Entonces, el mundo pareció detenerse.

Los murmullos se desvanecieron.

Los pasos se detuvieron.

Todos se giraron hacia la entrada de urgencias.

Un grupo de enfermeros irrumpió en la sala, gritando desesperados.

—¡Abran paso! ¡Abran paso!

Sobre la camilla, un chico bañado en sangre.

Una mujer corría a su lado, destrozada. Sus gritos eran desgarradores.

Azrael se tensó.

Sus ojos reflejaban… pánico.

Rápidamente, abrió el libro y pasó las páginas con manos temblorosas.

El chico desapareció tras una puerta de la sala de emergencias.

Las letras, como si alguien las estuviera escribiendo en ese instante, aparecieron en el libro.

"7:59 - Nicolás Voret, nacido el 2 de octubre de 2005. Asesinato."

Azrael se puso de pie de un salto.

Esto no estaba programado.

Corrió detrás de la camilla. Nadie intentó detenerlo.

Era como si ni siquiera lo vieran.

Sobre la puerta de urgencias, un cartel indicaba con claridad:

"PROHIBIDO EL PASO."

Y, sin embargo, él entró sin dudar.

Miré el reloj.

7:59.

Mi voz fue apenas un murmullo.

—Murió.

Azrael salió de la sala. Pero esta vez, no estaba solo.

En una mano llevaba su libro. En la otra, una guadaña.

A su lado, un joven de no más de veinte años caminaba con pasos inseguros. Sus ojos reflejaban desconcierto.

Hizo un repaso breve de su entorno.

Su mirada se cruzó con la mía.

Agité la mano.

Él sonrió.

Una mujer lo esperaba. Tomó su brazo con suavidad.

El joven la miró por un instante y, sin resistencia, la siguió por una escalera ascendente que no debería estar allí.

Azrael regresó junto a mí.

Asintió con angustia.

Ambos miramos el vacío.

Junto a mí, una mujer abrazaba a su niño. Me miraba con desconcierto.

La situación me abrumó.

Las lágrimas comenzaron a caer.

Entonces, la puerta de emergencias se abrió.

El médico salió.



Narra David: 

Unas sillas adelante, Nicole estaba sentada en la sala de espera, aguardando los resultados. Parecía sentirse mejor.

La escuché saludar, aunque no capté el nombre que había dicho.

Agucé el oído.

Parecía estar hablando con alguien a su lado.

—¿Qué estará haciendo? —le susurré a Joceline.

Ella me miró con desconcierto.

—Ay, David…

—Acaba de saludar a alguien.

Joceline rodó los ojos.

—Ya déjate de tonterías.

Todo sucedió tan rápido que apenas tuve tiempo de reaccionar.

Solo llegué a escuchar los gritos de los enfermeros abriendo paso.

—¿Está llorando?

Joceline se levantó de inmediato.

Se acercó a Nicole, se sentó a su derecha y la abrazó.

Me acuclillé frente a ella, intentando mirarla a los ojos.

Nicole sollozaba.

—Murió —balbuceó.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Había escuchado sus palabras, pero no entendía a qué se refería.

El médico salió de emergencias y se acercó a una mujer.

El grito que soltó me heló la sangre.

—¡Mi hijo! ¡Me lo arrebataron!

Mi piel se erizó.

Día 4/3/2025 -Candela C.

Capítulo 7: 

El cielo era de un celeste vibrante.

La primavera había llegado.

Desde la ventana, el patio se veía más verde que nunca. Las flores estallaban en colores y las aves cantaban con entusiasmo.

Entonces, lo vi.

Azrael estaba parado frente a mi puerta.

No sé cuánto tiempo llevaba allí, pero su postura era la misma de siempre: erguida, imponente, paciente.

Le saludé moviendo la mano.

Él hizo lo mismo.

David se acercó y siguió mi mirada.

—¿A quién saludas?

Corrió un poco la cortina para ver mejor.

—A Azrael.

—¿Quién?

Negué con la cabeza.

Cerré la cortina y salí al patio.

Azrael no se había movido.

Me paré junto a él.

—¿Qué hacés acá?

Él sostenía su libro con firmeza.

—Preparación.

Su voz sonó tajante.

Fruncí el ceño.

—¿Preparación? —repetí en un murmullo.

Él asintió.

Mantuvo la vista fija en la casa.

—¿Estás viviendo aquí?

—Sí.

Un silencio.

Nuestras miradas apuntaban a la puerta.

—¿Conoces a Zacharias Van Zhouen?

Su pregunta me tomó por sorpresa.

Giré la cabeza hacia él.

Asentí, apretando los labios.

Azrael abrió el libro y respiró profundo.

—Tiene la marca.

No sé en qué momento sucedió.

Pero la casa se tiñó de sangre.

El pasillo, las paredes, el suelo…

Todo.

Tragué saliva con dificultad.

Mis ojos se cruzaron con los de David, que me observaba desde la ventana con el ceño fruncido.

Corrí dentro de la casa.

Fui directo a la habitación de Zachi.

Dormía plácidamente.

Me acerqué.

Lo observé con cautela.

El corazón me latía con fuerza.

David entró tras de mí.

—¿Con quién hablabas? —insistió.

—Azrael.

Mi cabeza daba vueltas.

Podía verlo.

Justo en la frente de Zacharias.

"72:00:00".

La cuenta regresiva había comenzado.

No había forma de frenarla.

El aire se volvió denso.

Las cosas no tenían sentido.

Zachi dormía tranquilo, con el color sano de cualquier niño. Su respiración era regular. Su pequeño pecho subía y bajaba con calma.

Entonces, ¿por qué sentía que el tiempo se nos escapaba?

David chasqueó los dedos frente a mí.

—¿Y quién es Azrael? ¿Un amigo imaginario?

Sonrió, como si todo esto no fuera más que un juego infantil.

—Un ángel.

Su ceja se arqueó.

—¿Tu amigo imaginario es un ángel? ¿O así se llama tu ángel de la guarda?

Negué.

Salí de la habitación.

Corrí hacia la ventana.

Azrael seguía allí.

Me miraba con angustia.

Sin pensarlo, volví al patio.

Se mantenía en la misma posición. Su mirada estaba perdida en la casa.

Me paré a su lado.

—¿Tres días?

Asintió.

Mi garganta se secó.

—¿Puedo hacer algo?

Azrael no respondió de inmediato.

—Todo lo que hagas tendrá repercusiones —dijo al fin—. Nadie puede ir en contra del Gran Libro.

Apreté los puños.

—¿Puedo hacer algo? —repetí, esta vez con más fuerza.

Su mirada se posó en la mía.

—No estás aquí para intervenir en la historia de estas personas.

—¡Responde! —exigí.

Azrael suspiró y se inclinó hasta quedar a mi altura.

Con una dulzura inesperada, asintió.

—Cambiar el destino.

Mis ojos se abrieron como platos.

Entonces, su expresión cambió.

Por un instante, su mirada dejó de ser la de un ángel de la muerte.

Era la de alguien que, de algún modo, me conocía.

—Te extraño tanto…

Su voz fue apenas un susurro.

Llevó el dorso de su índice a mi mejilla y la acarició con ternura.

Un escalofrío recorrió mi piel.

Y en ese instante…

Azrael desapareció.

Pero sabía que seguía allí.

Volví con Zacharias.

Me senté junto a su cuna y lo observé en silencio.

"No estás aquí para intervenir en la historia de estas personas."

Las palabras de Azrael resonaban en mi mente.

Miré a mi alrededor.

El aire se sentía más pesado.

La piel se me erizó.

El rojo a mi alrededor se volvía cada vez más intenso.

Joceline entró.

—¿Estás bien?

Me dio un beso en la mejilla.

Asentí, aunque no estaba segura de si era verdad.

Ella levantó a Zachi con ternura, sin notar lo que yo veía.

Yo seguía con la mirada fija en su frente.

El minutero corría en descenso.

Tres días.


Cuando entré a la habitación, Nicole miraba todos los rincones.

Parecía perturbada.

La temperatura era más baja de lo normal.

Algo no estaba bien.

Sin decir una palabra, cargué a Zachi en mis brazos y los tres fuimos a la cocina.

Nicole se sentó en la mesa con sus cuadernos.

A pesar de todo, su capacidad para la escuela seguía siendo impresionante.

Yo piqué cebollas en silencio.

El sonido del cuchillo golpeando la tabla llenaba la cocina.

David irrumpió en la habitación.

Estaba pálido.

Se acercó y me susurró:

—¿Sabés qué es Azrael?

Fruncí el ceño sin dejar de cortar las verduras.

—No. ¿Qué es?

David miró de reojo a Nicole.

Ella no apartó la vista de sus apuntes.

—Un ángel.

Paré en seco.

Lo miré.

—Todavía tengo más cosas por hacer.

Él no se movió.

—Es el ángel de la muerte.

Su voz era firme. Convencida.

Tragué saliva y asentí, como si la información no me afectara.

Volví a cortar las cebollas.

—Nicole dijo que habla con él —añadió.

Exhalé con frustración.

—Es una niña, David. Le han pasado muchas cosas. Es normal que tenga amigos imaginarios.

Intenté restarle importancia, pero él no dejaba de mirarla.

Nicole levantó la cabeza.

Sus ojos se encontraron con los de David.

Casi como si pudiera escucharnos.

Capítulo 8:

Al día siguiente, todo parecía rutinario.

Excepto por David.

Seguía a Nicole por la casa, observándola con detenimiento.

Ella, por su parte, se acercaba a mirar a Zacharias cada vez que podía.

Sus ojos estaban fijos en él.

Penetrantes.

Llenos de miedo.

El frío en la casa parecía intensificarse.

Por momentos, la tensión me invadía.

¿Me estaba perdiendo algo?

—David, me estás poniendo nerviosa —solté al fin—. Parecés tenso.

Le atribuía mi incomodidad a su actitud inquietante.

Él no respondió.

Seguía observando a Nicole, que estaba sentada en el columpio del patio.

—Es que tengo una sensación extraña —murmuró—. Hoy… no parece estar hablando con nadie.

Fruncí el ceño.

—Es que sos vos, con tus cosas raras. ¡Ya! ¡Pará, por favor!

Fueron mis últimas palabras.


11:30 de la mañana.

Hoy saldríamos a comer en familia.

—Joci, ¿y si mejor nos quedamos en casa? —propuso Nicole.

Suspiré con fastidio.

—Ya es la tercera vez que lo decís, pero nos comprometimos. No podemos faltar.

Nicole parecía inquieta.

—¿Acaso hay algún motivo por el que debamos quedarnos en casa? —David entró con las manos en los bolsillos.

La niña negó.

Le acomodé el moño de su vestido.

Ella miró a Zacharias.

La cena sería la celebración del aniversario de mis padres.

Estaríamos todos. Primos, sobrinos, hermanos.

Era la oportunidad perfecta para integrarla a la familia.

Yo la adoraba.

Y quería lograr su adopción.

Nos subimos al auto.

La observé por el espejo retrovisor.

Nicole tomó la manito de Zachi.

David me sonrió y tomó mi mano.

Entonces, todo pasó en un instante.

—¡NO! —gritó ella.

Se sacó el cinturón de seguridad y se lanzó sobre él.

La puerta se abrió de golpe.

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Ese día aprendí que la muerte se paga con muerte…

Y que nadie escapa del destino.

Hubo algo en mí que supo que no era mi momento de morir.

Vi el cronómetro ponerse en cero.

—¡NO! —grité con desesperación.

Vi sus ojos reflejados en el espejo retrovisor.

Entonces, el auto se tiñó de rojo.

Solté el cinturón de seguridad.

Me abalancé sobre Zachi sin dudarlo.

Lo abracé con una fuerza casi asfixiante.

Todo sucedió en cuestión de segundos.

Un auto impactó contra el nuestro.

La puerta se abrió de golpe.

Zacharias y yo salimos despedidos.

El aire me arrancó un grito ahogado.

Pero antes de tocar el suelo…

Sentí una mano sosteniéndonos con delicadeza.

No caímos.

Fuimos guiados.

Azrael.

Él nos acompañó hasta el impacto.

Nos dejó en la carretera, ilesos.

El estruendo fue ensordecedor.

El auto que nos chocó impactó contra un camión.

El nuestro salió disparado hacia la banquina.

El mundo pareció detenerse.

Zacharias lloraba con fuerza en mis brazos.

Yo apenas podía respirar.

Y entonces, lo vi.

Azrael se acercó a los autos.

Vi las almas desprenderse.

Vi a Joceline.

Me sonrió una última vez.

Antes de irse.

Ese día… una vida costó cuatro.

Azrael se paró junto a mí.

Apretó mi hombro con suavidad. No dijo nada. Yo tampoco. No era necesario.

Un escalofrío recorrió mi espalda. El aire se volvió ligero. Sentí un leve tirón en el pecho.

Como si algo dentro de mí se estuviera desprendiendo.

Miré a Zachi, aún tembloroso, aún llorando.

Y entonces, entendí.

Mi tiempo en este lugar había terminado.

Dejé al bebé en el suelo con cuidado. Exhalé profundamente.

Y la realidad a mi alrededor comenzó a difuminarse.

Las luces se volvieron tenues.

Las voces se hicieron un eco distante.

El suelo bajo mis pies desapareció.

Un calor sereno me envolvió.

Cerré los ojos.

Y cuando los abrí de nuevo…

Estaba en otro lugar.

Día 27/3/2025 -Candela C.

Capítulo 9: 

Miré a mi alrededor. Todo parecía un caos.

La ciudad era enorme.

¿Dónde estoy?

—お嬢ちゃん、大丈夫ですか?

Bajé la vista.

Llevaba un vestido rosa.

Mi cabello, lleno de rizos, caía sobre mis hombros.

El cielo estaba oscuro.

Una señora de rasgos orientales me observaba con atención. Su cabello, ya canoso, estaba recogido en un rodete. Llevaba una camisa sencilla y una pollera larga. No era muy alta, pero su presencia imponía calma.

A su alrededor, el mundo seguía su ritmo frenético.

Los rascacielos brillaban con pantallas gigantes, iluminando la noche con colores vibrantes. Anuncios luminosos parpadeaban en una lengua que no entendía del todo, mientras una multitud avanzaba apresurada en todas direcciones.

El murmullo constante de voces se mezclaba con el sonido de trenes en la distancia.

Autos pequeños y taxis de colores brillantes se detenían con precisión en los cruces, mientras una melodía electrónica anunciaba el cambio de semáforo.

El aire olía a una mezcla de comida recién hecha y asfalto húmedo.

A lo lejos, un cartel con caracteres extraños y la imagen de una bebida burbujeante captaba mi atención.

Me sentí diminuta entre la inmensidad de este lugar desconocido.

Japonés.

—お嬢ちゃん、大丈夫ですか? (Niña, ¿estás bien?)

Asentí con desconcierto.

—うん。(Sí.)

La mujer sonrió con amabilidad.

—何歳ですか? (¿Cuántos años tienes?)

—10歳です。(Tengo diez años.)

—迷子ですか? (¿Estás perdida?)

Asentí otra vez.

Ella extendió su mano.

—来てください、私が手伝います。ゆりこです。 (Ven, te ayudaré. Soy Yuriko.)

Tomé su mano con timidez.

—私はニコールです。(Soy Nicole.)

La mujer sonrió aún más.

—Lo sé. Te estaba esperando. ¡Bienvenida a Tokio!

Me esforzaba por recordar, pero había una laguna en mi memoria.

La miré con algo de recelo, aunque, por algún motivo, sabía que esta mujer era inofensiva.

Nos fuimos a un pequeño pueblo llamado Miyajima, una isla conocida por su santuario flotante y sus ciervos que vagaban libremente entre los visitantes. Sus calles empedradas, bordeadas de tiendas tradicionales, olían a madera y mar. Desde la orilla, las luces de Hiroshima parpadeaban en la distancia.

Yuriko me acogió con naturalidad y me llevó a su casa.

Era una construcción de madera, pequeña pero acogedora, rodeada de flores que trepaban por sus paredes.

Nada más entrar, mi mirada se detuvo en una foto enorme que colgaba en la sala.

Una joven de sonrisa serena me observaba desde el retrato.

—Ella es Himari, mi hija —dijo Yuriko con voz suave—. Falleció hace ya un tiempo. Te quedarás en su habitación.

—Gracias. —Sonreí con timidez.

Ella asintió y cambió de tema con calidez.

—Pero antes, tengo un gran tazón de arroz y sopa para ti.

Me llevó a la cocina y sirvió la comida con delicadeza.

No estaba segura de cómo, pero entendía el idioma con total claridad. Cada palabra me resultaba familiar, como si hubiera hablado japonés toda mi vida.

Después de la cena, Yuriko me entregó un pijama limpio y me indicó dónde dormir.

La habitación era sencilla, sin lujos.

Tenía una pequeña ventana por la que entraba la brisa nocturna.

En un rincón, un koto descansaba sobre un soporte, acompañado de una foto rodeada de velas. En una de las paredes, un enorme espejo reflejaba la tenue luz del cuarto. Flores secas decoraban el espacio con una belleza sutil.

El aire olía a jazmines.

Me acosté en el futón y cerré los ojos.

Por primera vez en mucho tiempo, me sentí segura.


Han pasado varios meses desde mi llegada. Japón me acogió con amor. Y este hermoso pueblo ya me hizo parte.

Pero, cada noche, siempre a la misma hora, despertaba con una extraña sensación.

Como si alguien me observara.

A las cuatro de la madrugada, abría los ojos en la penumbra.

Miraba a mi alrededor.

Nada.

Pero el aire olía más intenso a jazmines.

Mis ojos se posaban en el koto.

Me acercaba a él. Me arrodillaba frente a la foto de Himari y deslizaba los dedos sobre las cuerdas con delicadeza.

Poco a poco, la melodía brotaba.

Cerraba los ojos y me dejaba llevar.

Hasta que, de repente, me detenía para recordar la siguiente nota…

Pero la música no paraba.

El sonido seguía.

Mi respiración se detuvo.

Abrí los ojos y giré la cabeza hacia el espejo.

Ahí estaba ella.

Una mujer sentada junto a mí.

Tocaba el koto con concentración, con una sonrisa serena, como si cada nota despertara un recuerdo lejano.

—Por favor, continúa… —susurró.

Tragué saliva, pero obedecí.

La música siguió fluyendo entre nosotras.

Sus mejillas se humedecieron con lágrimas silenciosas.

Luego, su reflejo desapareció.


HIMARI

Esa noche, volví a escuchar el koto.

Después de tantos años.

Mi madre solía tocarlo cuando yo era niña.

Ahora, una extraña dormía en mi habitación.

No quería asustarla.

No quería inquietar a mi anciana madre.

Pero no pude evitarlo.

La música me atrajo.

Me acerqué, como cada noche.

La observé.

Era diferente.

Había algo en ella.

Cuando Nicole dejó de tocar, no pude evitarlo.

Mis dedos siguieron la melodía.

Deslicé mis manos sobre las cuerdas con nostalgia.

No quería invadir.

Solo quería tocar una vez más.

Himari se había ido, pero dejó en mí el eco de su angustia.

Volví a la cama, aunque el sueño no llegaba. Me acosté boca arriba, con la vista fija en el techo y las manos sobre el vientre.

¿Por qué seguía aquí?

Cerré los ojos y, al cabo de unos minutos, me quedé dormida.


A la mañana siguiente, removí el té con lentitud mientras reflexionaba sobre la noche anterior.

—Yuriko… —murmuré.

Ella levantó la vista y me observó con paciencia.

—¿Qué pasa, mi niña? —Imitó mi gesto, tomó un sorbo de su té y dejó la taza en su platillo de porcelana.

Dudé un instante antes de hablar.

—¿Qué pasó con Himari?

La pregunta pareció tomarla por sorpresa.

—¿A qué te refieres?

—No, nada… —Bajé la mirada, incómoda.

Ella no insistió. Solo tomó otro sorbo.

—Era muy hermosa, ¿sabes? —Su voz sonó melancólica.

Levanté la vista y asentí.

—Y muy inteligente.

Yuriko sonrió, como si la recordara con cariño.

A su lado, Himari la observaba en silencio.

Sus ojos eran profundos y cálidos, capaces de atravesar la frialdad de la muerte.

—¿Tocaba el koto? —pregunté en un susurro.

Yuriko sonrió con nostalgia y asintió.

—Igual que tú, ayer.

Mi piel se erizó.

Salí a pasear por Momijidani, un valle envuelto en la belleza del otoño eterno. Los arces teñían el paisaje de rojos intensos, naranjas y dorados que se mecían con la brisa. Subí los peldaños de piedra, desgastados por el paso del tiempo, y me senté sobre el musgo que cubría las rocas.

Desde allí, podía escuchar el murmullo de las cascadas, el sonido del agua cayendo con fuerza contra las piedras. Crucé las piernas y ajusté el gran sombrero que me protegía del sol.

—Hola, cielo.

Levanté la vista.

Un anciano se acercaba con paso pausado, apoyándose en su bastón.

Le sonreí.

—¿Estás sola?

Asentí.

—Pareces algo confundida. ¿Necesitas un amigo?

Suspiré.

—¿Cree usted en los fantasmas?

El hombre arqueó las cejas, sorprendido. Luego, sonrió con gentileza.

—Depende. ¿Es bueno o malo?

Lo pensé un momento.

—No lo sé aún… pero creo que es bueno.

Asintió, aunque su expresión era más de evaluación que de acuerdo.

—Un fantasma bueno… —murmuró.

Me observó con más atención.

—¿Y por qué quieres saber?

—¿Por qué los fantasmas son fantasmas?

Su sonrisa se amplió.

—Esa sí la sé. Porque no pudieron ver la luz. Son… almas errantes.

—¿Y por qué erraron? ¿En qué se equivocaron?

Él soltó una carcajada breve.

Pero mi rostro seguía serio.

—Eso no podría responderlo. En nuestra cultura, se cree que algo los ata aún a la tierra. Son almas que se manifiestan. No podría decirte que son malas… pero tampoco que son buenas.

Asentí lentamente.

—Pero lo que sí puedo afirmar —continuó— es que la mayoría sufre por aquello que no puede decir.

Lo miré con interés.

—¿Usted ha visto un fantasma alguna vez?

Negó con la cabeza.

—No… pero imagino que no debe ser sencillo quedar atrapado en el limbo.

Su mirada era cálida, aunque había en ella un atisbo de tristeza.

El viento sopló con más fuerza, removiendo las hojas secas a nuestro alrededor.

—Se dice que hay uno en el Monte Fuji… o al menos, eso cuenta la leyenda. Quizás… ella podría ayudarte.

Sonrió con dulzura.

—Muchas gracias, señor.

—Señor Hiroto —completó con una leve inclinación de cabeza.

Le tendí la mano.

—Nicole.

Su apretón fue firme y amable.

—Un placer, Nicole.

Miré hacia las montañas en la distancia.

Ya sabía por dónde empezar.

Debía ir al Monte Fuji.

Capítulo 10: 

"Cerca de ti, Señor,
quiero morar,
Tu grande, tierno amor,
quiero gozar.
Llena mi pobre ser, limpia mi corazón.
Hazme tu rostro ver, en comunión."

Era como contemplar la inmensidad de un teatro griego.

Hombres y mujeres alados, alineados en perfecta armonía, sostenían partituras mientras sus voces se elevaban en un cántico celestial. Los instrumentos resonaban con una majestuosidad indescriptible, llenando el espacio con notas que vibraban como el eco del universo.

Todo parecía irradiar una luz dorada, como si el oro mismo hubiera cobrado vida.

Las voces se proyectaban hacia el cielo con una pureza inalcanzable.

Sus rostros brillaban.

Eran perfectos.

Y, de algún modo, yo era parte de ellos.

Podía escucharlos.

Podía escucharme.

Mi voz se unía a la suya.

Extendí la mano, fascinada, para tocar las plumas de las alas de una mujer frente a mí.

Pero, en el instante en que mis dedos rozaron su pureza…

Mis ojos se abrieron de golpe.

Un grito desgarró la quietud.

Dolor.

Fuego.

Mi piel ardía.

Miré mi mano, horrorizada. Llamas danzaban sobre ella, devorándola sin consumirla.

El fuego era real.

Yuriko irrumpió en la habitación.

—¿Qué pasa? —su voz era un eco lejano, ahogado por el pánico.

Le mostré mi mano temblorosa.

Ella frunció el ceño.

—No hay nada…

Su desconcierto era absoluto.

Pero yo lo sentía.

Lo veía.

El calor comenzó a menguar.

Cerré y abrí los dedos varias veces, asegurándome de que mi piel seguía intacta.

—Es que…

Las palabras murieron en mi garganta.

—Una pesadilla —afirmó Yuriko con suavidad.

Asentí.

Pero sabía que no lo era.


—Yuriko…

Ella elevó las cejas. Sabía que venía una pregunta.

—Nicole… —respondió con tono expectante.

—Quiero conocer el Monte Fuji.

Sus ojos brillaron con entusiasmo.

—Me parece un gran plan. Iremos de excursión.

Di pequeños aplausos, emocionada.

—Una vez fui allí con Himari. Es un lugar muy especial.

Asentí con curiosidad.

Busqué con la mirada en la habitación, esperando encontrarla.

No apareció.


El sábado por la mañana, nos aventuramos al Monte Fuji.

¿Cómo se busca el fantasma de alguien que no conoces?

¿Los fantasmas aparecen a la luz del día?

El autobús estaba repleto de turistas con sombreros y cámaras, sonriendo, charlando, capturando fotos del majestuoso volcán.

—Este es el Monte Fuji, el monte de la inmortalidad —anunció el guía con voz firme.

Hizo una pausa dramática antes de continuar:

—Dicen que aquí… el fantasma de un emperador aún espera a la princesa Kaguya.


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